"Yo voy soñando caminos", aquel verso fue lo último que leyó antes de que sus ojos se cruzaran.
Ella estaba sentada en aquel banco, a la sombra del ciprés, con aquel libro de Machado entre sus manos.
Todavía recordaba aquel día en que lo vio, con aquella moto grande, que hacía tanto ruido. Allí en ese mismo lugar, sentada en el mismo banco, a la sombra del mismo ciprés. El ruido la había distraído un momento de la lectura, entonces se fijó en él. En aquel mismo instante él giró la cabeza y la vio. Sus ojos se encontraron, los de ella llenos de vergüenza, los de él llenos de valentía y vitalidad, pero ambos, en el fondo, llenos de amor.
Cada día que ella volvía al parque y se sentaba bajo el ciprés no podía dejar de pensar en él, no se concentraba en la lectura.
Hoy ella a llegado, como cada día, y se ha sentado en su banco de siempre. Hoy él también pasa haciendo ruido con la moto. Ella deja de leer para mirarle. Sus miradas se cruzan. Ella cierra los ojos para sentir el placer que le produce su mirada.
En ese momento oye el ruido, el derrape, el frenazo.
Abre los ojos. Lo ve, lo ve todo. Se acerca corriendo. Ya solo queda la moto tirada en el suelo. Y su cuerpo, rodeado de un charco de sangre.
Hugo Martín
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